12 de octubre de 2026
Mateo Sebastián Luna:
Te escribo porque prefiero nombrar lo que me está pasando antes de que se convierta en silencio o en una respuesta que no mereces.
Hace poco ocurrió esto:
El viernes vi que respondiste un mensaje y luego guardaste el teléfono cuando llegué. No pregunté nada en ese momento, pero me quedé pensando en eso toda la noche.
Sentí celos, y no quiero disfrazarlos de otra cosa. Me di cuenta de que una parte de mí quería controlar lo que no me correspondía, y no quiero actuar desde ahí.
He intentado entender de dónde viene.
Vengo de una relación en la que las mentiras eran la norma, y a veces reacciono como si eso fuera a repetirse contigo, aunque no tengas nada que ver.
Lo que siento no es una acusación hacia ti.
Me da vergüenza admitirlo, pero sentí un nudo en el estómago y ganas de revisar cosas que no debería revisar. Después me enojé conmigo por desconfiar sin tener pruebas.
Hay algo que me ayudaría.
Necesito que, cuando notes que me alejo o me pongo rara, me preguntes qué me pasa y me escuches sin defenderte de inmediato. No quiero que me des cuentas de todo; quiero sentir que puedo decirte lo que me da miedo sin que se convierta en una pelea.
No te pido que cambies quién eres ni que me des cuentas de todo. Te pido que me ayudes a distinguir entre lo que mi miedo imagina y lo que realmente está pasando.
De mi parte,
puedo decirte cuándo aparece la inseguridad en lugar de callarla, y puedo revisar con honestidad si lo que estoy imaginando tiene sustento o no.
Me gustaría que habláramos esta semana, en un momento en el que los dos podamos escucharnos con calma.
Gracias por escucharme,
Regina Paulina Ortiz